Leé el primer capítulo de #CuatroComidas

05 May 2017

Aperitivo

El cocinero de Ricardo II revisa la lista de las compras: 12 jabalíes, 14 bueyes, 50 cisnes, 120 ovejas, 150 gallos, 210 gansos, 400 conejos, 1.200 palomas y 11.000 huevos. En el año 1387, la cena es cosa seria. Del rey inglés podrá decirse que es un gobernante venal, que es alto, guapo e inteligente, que es menos belicoso que su padre y su abuelo o que es culto y refinado en todos los placeres cortesanos y ahí donde los historiadores no se pongan de acuerdo, mientras unos digan que está rematadamente loco y otros opinen que apenas padece un leve trastorno de personalidad, acaso la mayor locura de Ricardo II sea ignorar cada noche la advertencia que se repite desde tiempos inmemoriales: “Desayuna como un rey, almuerza como un príncipe y cena como un mendigo”.

En pleno ejercicio de sus caprichos reales, Ricardo II cena como un rey. Tal vez pueda pensarse que sus atroces pesadillas nocturnas, fuentes inagotables de madrugadas entregadas al terror entre las sábanas, se deban a una indigestión cotidiana. ¿Quién tiene el estómago lo suficientemente fuerte como para aguantar un festín preparado con 12 jabalíes y 11.000 huevos? La lista de las compras es verídica, como todos los datos de esta breve historia universal del desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena. Si William Shakespeare escribe una obra sobre el delirante Ricardo II (aunque se dedica menos a las cenas y más a sus dislates como monarca, a lo cual se debe buena parte de su pésima reputación póstuma), su contemporáneo Miguel de Cervantes Saavedra ya advierte sobre los peligros del atracón. “Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago”, recomienda Don Quijote a su escudero Sancho Panza como uno más de todos los consejos de cortesía caballeresca que regala aun cuando no se lo pidan. El refranero popular español también repite “por mucha cena, nunca noche buena” y, ante la insistencia en la frugalidad nocturna, me pregunto: ¿será cierto que los humanos siempre hemos comido tres o cuatro veces por día? La verdad es que no. Obsesionados con la digestión, los antiguos romanos sólo ingieren alimentos frugales al mediodía, aunque a esa comida la llaman “cena”, y varios siglos después las rutinas monásticas de la Edad Media popularizan el desayuno como una manera fiel de romper el ayuno religioso en las mañanas. En la muy señorial Inglaterra del siglo XVIII el té de las cinco brinda una ocupación para las tardes de las damas ociosas y recién con la invención de la luz artificial la cena se convierte en una costumbre de las noches. Ésta es una historia digna de ser contada.

Empachado de anécdotas y repleto de eurekas, escribo esto bajo una montaña de papeles: cuarenta (qué digo cuarenta, sesenta… ¡ochenta!) libros y enciclopedias con la historia de la alimentación que se funden con mis recuerdos lejanos de la infancia, el desayuno de la vida, o con los más cercanos de este almuerzo todavía joven en que me encuentro. El alimento es un disciplinador social que organiza los días del hombre desde las oscuras mañanas prehistóricas hasta esta noche iluminada por leds y neones y, si es cierto que somos lo que comemos, una historia universal de las comidas no puede ignorar la historia personal del que escribe: yo. Entre los jerbos fermentados de la Antigua Mesopotamia y las patitas congeladas que prometen una cena lista en menos de cinco minutos, aparecen los pejerreyes, los cornalitos, los salamines, los quesos y los asados de mi abuelo, pero más todavía las lentejas, las empanadas, los guisos, las tortas fritas y los pollos de mi abuela, que aún hoy es tan extraordinaria como cualquier otra abuela nacida en esta ciudad en algún momento del siglo pasado. Es inevitable volver a la infancia cuando se habla de comida porque en esa educación alimentaria está la patria de nuestra vida: la mía, una existencia de barrio dirigida por un matriarcado de mujeres fuertes, repleto de códigos morales o culinarios. Si el efímero aroma de una magdalena remojada en té de tilo activa los recuerdos de Proust, y lo transporta hacia aquellos lejanos domingos por la mañana en casa de su tía Léonie apenas con la evocación del olfato, durante la escritura yo viajo con la mente a la vieja casa de Parque Chas, sugestionado por los olores de la cocina de mi niñez (y, no casualmente, empiezo a devorar En busca del tiempo perdido, la novela en que todo aquello que toma forma y solidez sale de una taza de té).

La necesidad de escribir sobre la realidad me trae hasta acá: no tengo, como el noruego Karl Ove Knausgård, otro de mis escritores adorados, un “oído absoluto para los recuerdos” pero sí comparto con él la idea de que lo inventado carece de valor. Aunque intente seguir el consejo de Roland Barthes (dicen que dijo a sus discípulos: “Sobre todo, no traten de ser exhaustivos”), detrás de cada dato, y ya puedo ver que en este libro habrá miles, se esconde un recuerdo: cuando descubro la invención del desayuno continental se me aparece aquella mañana en la terraza de un hotel en Florencia donde pude agradecer en secreto la posibilidad de conocer Italia junto a mi madre; en la creación del fast food, vuelve el espectro de aquella noche que cené de parado en una estación de servicio después de mi primer día como periodista en la redacción de un diario. La comida ordena el tiempo. Detrás del desayuno, el almuerzo, la merienda o la cena hierven miles de anécdotas y cientos de recuerdos. De los míos, el más lejano se remonta a la prehistoria de mi vida, cuando el tormento de los primeros dientes y el capricho de ser el primer hijo me hacen negar la papilla o el purecito. En un llanto sin fin, soy un bebé que no traga bocado. Angustiada ante la posibilidad (improbable) de tener un hijo famélico, mi madre se resiste pero después acepta el consejo del doctor Manterola, el pediatra de la familia: “Señora, déjelo que llore. Cuando se canse va a comer”. Funciona. Después de tres días y tres noches de terquedad bíblica, depongo las armas y devoro lo que me sirven. Desde entonces no me salteo ni una de las cuatro comidas, aun en el día repleto de trabajo o en la indulgencia de las vacaciones: criado como el heredero sin coronita de una familia plebeya, desayuno como un rey, almuerzo como un príncipe, ceno como un mendigo y, en el ritual repetido de todos los días, me conecto con los hombres que vivieron antes que yo y con el que fui hace muchos años, el caprichoso niño inapetente que todavía vive en algún lugar adentro mío.

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