Star (bucks) wars: la danza asimétrica de las tacitas de café

28 Ago 2015

Star Wars coffee

Países empobrecidos proveedores de materia prima; países privilegiados que retienen el valor agregado y concentran el acceso al consumo: el café, segundo “oro negro” del mundo, sigue las rutas seculares del colonialismo.

Los jamaiquinos tienen el mejor café del mundo pero los jamaiquinos no toman café. En las Montañas Azules de la islita caribeña, a 2.300 metros por encima del nivel del mar, crece el Blue Mountain, un grano singular con gusto suave a madera y una acidez ligera, tan delicado y exclusivo que se lo conoce como “el Rolls Royce de los cafés”. Si es cierto que Ian Fleming, el flemático creador de James Bond, pasó los últimos años de su vida en Jamaica tomando cócteles “agitados pero no revueltos” y café Blue Mountain, desde entonces fue berretín para excéntricos o millonarios: el kilo cotiza unos 150 dólares y más del 80 por ciento de su producción se exporta al Japón, donde se valoran los hábitos exóticos (y hay dólares a montones). Pero, aun bendecidos por la naturaleza, los jamaiquinos se reservan la tacita de café para el cumpleaños o el velorio, las ocasiones especiales que admiten el brindis oneroso: no la pueden pagar. 

En la geopolítica de los commodities (el café es el segundo más importante, después del petróleo: se consumen unos 140 millones de sacos de 60 kilos por año en todo el mundo) la desigualdad es la norma y la justicia social, la excepción: la bebida más popular del mundo se cultiva al calor de la globalización y el capitalismo. El café, noble producto de un arbusto llamado cafeto, crece en las tierras que forman una especie de cinturón geográfico que rodea el Ecuador, entre los dos trópicos: “Una de las actividades más importantes que realizaban los primeros exploradores europeos era introducir plantas que no existían en los lugares donde las sembraban”, escribió el periodista yanqui Stewart Lee Allen en su libro La taza del diablo: “Al principio, se dedicaban a llevar a Europa productos originarios del Nuevo Mundo, como los tomates. El primer transplante importante de un producto del Viejo Mundo al Nuevo fue el del azúcar africana a Brasil. El café fue el segundo”. Y los esclavos, el tercero. 

Desde que llegó a Latinoamérica (a principios del 1700 en la isla Martinica, por entonces un territorio de ultramar del imperio francés), el café se usó como disciplinador social: en el Caribe y en Minas Gerais, los esclavos dejaban la vida en las plantaciones; en Colombia y en Venezuela, los curas jesuitas imponían a los pecadores el sacrificio del cultivo como bonus track de la penitencia. Si el café y el azúcar eran insumos fundamentales para asegurar la felicidad de las mesas europeas, en Latinoamérica eran fuente de desgracia: “Caballeros, tal vez ustedes crean que la producción de café y de azúcar es el destino natural de las Indias Occidentales”, dijo Karl Marx en un discurso contra el capitalismo: “Hace dos siglos, la naturaleza no se preocupaba por el comercio, no había plantado allí ni una caña de azúcar ni una taza de café”.

Casi doscientos años después de la prédica de Marx, las cosas no cambiaron tanto: hoy se impone la fórmula “una taza = un día”. La aritmética no admite mayores dudas: lo que cuesta una taza de café en Europa o América del Norte (unos 3 dólares) es lo que se le paga a un cafetalero de El Salvador o Ruanda… por día. Unas 125 millones de personas viven del cultivo del café en todo el planeta y, entre ellas, 25 millones son lo que la semántica económica llama “pequeños productores”: familias con una huerta en el fondo de las fincas, donde mayores y chicos trabajan la cosecha una o dos veces por año, según el clima. Unos setenta países tropicales producen el nuevo oro negro, todos ubicados entre Cáncer y Capricornio, repartidos en las tres grandes zonas del mapamundi cafetero: Latinoamérica, África/Medio Oriente y Asia/Pacífico. De ellos, Brasil es el campeón mundial, con el 30 por ciento de la producción; el 70 por ciento restante se reparte entre 69 países. “Una taza de café ordinaria ocupa un lugar central en la economía mundial”, opina la venerada documentalista Su Friedrich, directora de la película From the Ground Up.

En el trabajo de campo, ella se propuso acompañar un grano de café desde la finca hasta la cafetería y empezó en los arbustos de Guatemala (país que produce el 3 por ciento del café mundial), siguió por el importador de Charleston, Carolina del Norte, llegó hasta el tostador de Queens, Nueva York, y terminó en un recoleto bar de Manhattan, donde el bebedor socialmente responsable exige que su cuartito tenga pegada la etiqueta de “comercio justo”. O “fair trade”, según les gusta decir a los entendidos. Desde fines de la década del 70, cuando en Centroamérica las posesiones de las plantas cafetaleras decidían la suerte de las revoluciones o en Uganda el bloqueo comercial a sus granos aceleraba la caída del dictador caníbal Idi Amin, el café fue el principal producto amparado por las prácticas del comercio justo. Así, organizaciones como Oxfam, Setem o UTZ certifican que los agricultores reciban un trato humanitario y las grandes multinacionales del rubro, como Nestlé, Procter & Gamble o Starbucks, se jactan de colaborar con la causa y exhiben en sus paquetes los adhesivos de buenas intenciones.

¿Cómo puede ser más justo este fenomenal negocio, uno de los pocos donde la materia prima no se procesa en los países productores sino en los consumidores? El grano verde llega a los Estados Unidos, Europa o el Japón, donde se lo tuesta, se lo muele, se lo envasa, se lo bebe. Una sangría para los países cafetaleros; casi todos ellos, de los más pobres del planeta (y esto no es casualidad). “Además de perder el control de dicho proceso, lógicamente se pierden los beneficios del mismo”, denunció el cocinero español Andrés Madrigal: “La solución global al problema del café es una apuesta por la calidad en general, desde el principio hasta el fin, desde el arbusto de café hasta la taza”.

En las avenidas principales de los barrios más recoletos del mundo, las casi 22 mil tiendas de Starbucks ofrecen una ilusión de ubicuidad espacio-temporal mientras las recetas de sus frappuccinos caramel machiattos sean iguales en Seattle, en Singapur o en Bogotá. La empresa de café más grande de la historia disimula los orígenes proletarios del grano y reviste la “experiencia” del café de una pátina cosmopolita e internacionalista: ya en la década del 90, el cliente yanqui promedio consumía una bebida de Starbucks dieciocho veces por mes sin que la empresa hubiera realizado una sola campaña de publicidad tradicional. En los Estados Unidos, también fue la compañía que más fondos aportó a la organización solidaria CARE: sus remesas en dólares llegan hasta Indonesia, Guatemala, Kenia y Etiopía, todos países productores de café. “Algunos decían que la cadena obtenía una enorme publicidad positiva con muy poco gasto, donando menos del 0,2% de sus ventas netas”, denunció el periodista Mark Pendergrast en su libro El café, historia de la semilla que cambió el mundo, una de las investigaciones más documentadas sobre este fenomenal negocio global.

¿Qué se juega en la bolsa de café? El destino de millones de personas en los países subdesarrollados cada vez que suba o baje la cotización del grano en el mercado de valores de Nueva York o Londres. Si la producción del café se destaca por los salarios mínimos, las condiciones laborales indignas, la explotación infantil y la desigualdad de género, el europeo promedio seguirá ignorando lo que hay en el fondo de su taza y el jamaiquino típico tendrá que esperar el día excepcional para tomar el fruto de su tierra: ahí se brinda con café cada muerte de obispo.

Publicado en Informe Escaleno

 

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