Televisión y café

09 Oct 2015

“Breaking Bad” tiene un coffee bar en su honor en Estambul y “Friends” su Central Perk en Pekín…

Coffee Roastery Estambul

“Me gustan los cafés tan negros como una noche sin luna”: en el trasnochado microcosmos de Twin Peaks, el pueblito, el agente especial Dale Cooper encuentra remanso y sugestión en una taza bien oscura. Tónico energizante o estimulante legal, el vasote de café americano (el más potente de todos los cafés porque la cafeína es un alcaloide que se activa con el agua y éste es, más que nada: puro jugo de paraguas), sacude las neuronas en búsqueda de una respuesta cada vez que él se machaque con la pregunta-manija: “¿Quién mató a Laura Palmer?”. Más allá de la agorafobia onírica en horario central, Twin Peaks, la serie, convirtió la cafemanía en un pico de rating. Y ahora, cuando la feligresía catódica espera una tercera temporada más de veinticinco años después (estreno que recién sucedería en el 2017), el ansioso que visite Londres podrá conjurar la espera con una inmersión en el ambiente surrealista y una taza bien cargada: en locación secreta hasta el 17 de octubre, la cafetería temática dedicada a Twin Peaks celebra la lealtad a su creador, David Lynch: allí se puede degustar un cherry pie como en los páramos norteamericanos o un tazón de café tan negro… Y si una noche sin luna es la pesadilla del insomne, ya desde el nombre el bar tiene reminiscencias lyncheanas porque se llama The Owls Are Not What They Seem: en el camino de los sueños, los búhos no son lo que parecen. 

El pequeño diccionario ilustrado A-Z Coffee dedica su única entrada en la letra “L” a “Lynch, David” con motivos legítimos: “Para el director de cine, músico, artista y obsesivo amante del café, la infusión es una gran fuente de inspiración”. El bar londinense está decorado como un clásico comipaso yanqui (hasta ofrece descuento al que vaya vestido con el muy específico dress code de la serie: “Chic lyncheano extravagante y surrealista de pueblo chico”). Y es apenas una de las cafeterías que rinde tributo a las series de televisión que marcaron épocas de la cultura popular: en los 90, Twin Peaks; en el 2000, Friends; en el 2010, Breaking Bad. Si el temita Coffee & TV exigía café y televisión como remedio doméstico para los males posmodernos, el grupo Blur emparejaba los síntomas de dos tipos de sobredosis, la cafetera y la catódica: “He visto demasiado, me estoy quedando ciego, tengo el cerebro virtualmente muerto”.

Sobre una rama oscura, un búho vigila al comensal: la promesa comercial de una “experiencia inmersiva” incluye un menú de tres pasos a 65 libras (casi mil pesos de acá) y la posibilidad de tener un encuentro cercano con un actor de la serie, acaso en cumplimiento de alguna cláusula leonina que exija la presencia como garantía de continuidad para su personaje. Patrocinado por el hábil Lynch, que antes abrió un Club Silencio en París como rémora del cabaret de su película El camino de los sueños, todo tiene el sello de lo oficial, en contraste exacto a lo que sucede en Beijing, el paraíso de la copia: el Central Perk cantonés recrea, hasta el detalle mínimo, el sitio de encuentro de los seis amigos de Friends (en el Soho neoyorquino hubo un café montado por Warner Bros. pero sólo abrió unos meses), como expresión de un fanático que desafía el sistema de marcas y licencias: ¿rebelde en la pausa?

El chino Du Xin exige que ahí adentro lo llamen Gunther, el nombre del dueño del barcito neoyorquino ficcional: ahí donde un sofá naranja fue el epicentro de una discusión generacional que duró diez años, hoy modela las ambiciones occidentales de los jóvenes nacidos y criados en el oxímoron del “comunismo capitalista”. En el sexto piso de un edificio de oficinas, este Central Perk evidencia la obsesión de su propietario por la serie, replicada en la ventana, la puerta, las tacitas o los snacks, únicamente aquellos que alguna vez se comieron en pantalla (como el cheesecake que Chandler le robó a Rachel en el episodio 11 de la séptima temporada). Si es cierto que la imitación es la forma más genuina del homenaje, Du Xin encontró en el programa una inspiración para la nueva revolución china: “Friends nos enseña cómo vivir”, dice.

“El primer súper laboratorio cafetero”, se presenta Walter’s Coffee Roastery, el bar temático dedicado a la fascinación que provocó Breaking Bad: la épica trágica de Walter White, el profesor de química transformado en capo de la metanfetamina, inspiró al emprendedor turco Deniz Kosan que, en pleno centro de Estambul, sirve cupcakes decoradas con piedritas celestes y cafés preparados en probetas o tubos de ensayo. En prevención ante eventuales demandas millonarias, no se observan logos ni las dos palabras del título, pero los baristas atienden al público envueltos en mamelucos amarillos y la pared del local está empapelada con las letritas que obsesionan al químico: la tabla periódica de los elementos.

Agotada la fórmula de los bares temáticos rockeros o deportivos, el próximo filón gastronómico podrán ser las series (en Londres, también existieron All Men Must Dine, dedicado a Game of Thrones, y ABQ, otro homenaje a Breaking Bad, con un menú breve: “cócteles y químicos”). En los 50 minutos de un capítulo o en los 30 mililitros de un espresso, el hombre moderno encontrará sosiego porque no existe verdad mayor que el credo hedonista del agente especial Dale Cooper. “Harry, voy a contarte un pequeño secreto”, confía al alguacil de Twin Peaks: “Cada día, una vez al día, hacete un regalo. No lo planifiques, no lo esperes; sólo dejá que suceda. Puede ser una camisa nueva en la tienda para hombres, una siestita en tu silla de la oficina o dos tazas de un buen café negro. Algo como eso”.

Publicado en Brando

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