Todos los negros tomamos café

29 Ene 2016

Durante enero y febrero, disfrutá de las lecturas de verano: fragmentos del #LibroCafé.

Che Guevara, café

“Ay mamá Inés, ay mamá Inés, todos los negros tomamos café”. Con la carota redonda y el gesto excedido, casi desencajado, el crooner cubano está sentado frente al piano y, en lo que parece el living de una casa, divierte a la concurrencia de la tertulia, una señorita abúlica en el fondo, un caballero de pie con una copa en la mano: Bola de Nieve le canta al café. En el único video que existe del hit caribeño interpretado en vivo allá por la década del ‘50, el cantante y pianista celebra en los distintos tonos del gris “la canción que conocen todos los cubanos, adentro o afuera de la isla, sean jóvenes o viejos, negros o blancos”, según la definición de la historiografía musical habanera. El tango-conga Ay mamá Inés inmortaliza una melodía que todas las hinchadas del mundo adaptaron para la rima de sus parcialidades y resume la maravillosa vida breve del barrio Jesús María, en La Habana vieja, donde en los ’50 y ahora se baila salsa, se juega al dominó, se compran tabaco y ron… y se toma café. Prudente en las definiciones políticas y homosexual tapadísimo, acaso como método de supervivencia ante las persecuciones del régimen, Bola de Nieve fue el gran embajador de la música cubana antes y después del mítico 1º de enero de 1959 y, aunque la hora exigía artistas comprometidos con la revolución, en todas las calles de la isla se entonaban los versitos de la cantata caribeña al café. 

Para fines de 1950, los países latinoamericanos productores de café (entre ellos, Cuba) veían cómo las supercosechas del grano desbalanceaban el equilibrio entre oferta y demanda (se producían 50 millones de sacos, pero sólo se consumían 38 millones en todo el mundo), llevaban los precios para abajo y amenazaban las precarias economías nacionales: para muchas, el café era su principal sustento. Los esfuerzos de la Agencia Panamericana del Café parecían haberse agotado con la creación comercial del coffee break porque en los Estados Unidos, su principal cliente, la infusión empezaba a ser menos atractiva (los baby boomers bebían Coca-Cola) y, con la difusión masiva de las cafeteras de filtro, se tomaba cada vez más aguada y de peor calidad. Del otro lado del Atlántico, los países africanos intuyeron la debacle y se unieron para crear la Organización Interafricana del Café, que en 1959 develó su objetivo principal: quitarle mercado a Latinoamérica. Pocos meses después se sumaron a la liga Kenia, Tanganica (hoy Tanzania) y Uganda, las colonias británicas en África, que junto a Angola, Costa de Marfil y Camerún promovieron un acuerdo comercial con los Estados Unidos, con cuotas de mercado y compromisos de compraventa. Era el pico de máxima tensión en la Guerra Fría y, mientras el gobierno de Eisenhower, aquel que llegó a la Casa Blanca con su “Operación taza de café”, veía cómo Brasil acordaba un trueque con la Unión Soviética (trigo, aviones, sembradoras y petróleo rusos a cambio de café), el fantasma del comunismo se volvió una amenaza ominosa sobre las tazas de los yanquis. Ese mismo año, los rebeldes conducidos por Fidel Castro habían derrocado a Fulgencio Batista; poco después, Fidel se alineó con el gobierno soviético de Nikita Kruschev y nacionalizó las empresas de capitales norteamericanos, lo cual impidió que, hasta hoy, los yanquis puedan tomar un Cubita, un Turquino o el excelso Crystal Mountain, y que apuren la firma con los africanos para un gran acuerdo del café.

“El temor de los Estados Unidos con respecto al comunismo se centraba no sólo en América latina sino también en África”, escribió Mark Pendergrast: “En 1960, la inevitable descolonización africana se convirtió en un torrente de países recién independizados, muchos de los cuales dependían principalmente del café, justo en el momento en que los precios caían en picado”. La guerra civil en el Congo Belga dejó miles de muertos y, sobre las cenizas, nació un país con otro nombre (Zaire) y con los pequeños cafetaleros sobrevivientes arrojados a la miseria. En Angola, el otro foco de insurgencia que preocupaba al entonces presidente John Fitzgerald Kennedy junto con Cuba, el gobierno estadounidense alentó la represión de los colonialistas portugueses sobre los africanos, como solución final contra la amenaza del comunismo. “Cuando los trabajadores del café exigieron los sueldos atrasados, los dueños de las plantaciones se dejaron dominar por el pánico y dispararon contra ellos”, escribió Pendergrast: “Durante la matanza que siguió, cientos de blancos y miles de negros fueron asesinados en las plantaciones de café. Finalmente, con armas norteamericanas, los portugueses restablecieron el orden y el cultivo del café”. Como había ocurrido en muchas otras épocas de la historia, los granos quedaban literalmente manchados de sangre.

Apurados por la demanda de sus bebedores fanáticos y exigidos por la tensión política, los Estados Unidos firmaron el acuerdo del café con los africanos: no sólo se aseguraban la provisión de sus tazas sino una embajada comercial capitalista ahí donde el comunismo amagaba con crear réplicas a escala de Moscú o La Habana. El lobbista John McTiernan, de la Asociación Nacional del Café de los Estados Unidos, advirtió que Kruschev “podría explotar el nacionalismo africano para atrapar a las naciones emergentes en la esclavitud comunista”. Para 1962, las partes llegaron a un acuerdo provisorio y se reunieron en el edificio de las Naciones Unidas en Nueva York para celebrar una Conferencia del Café, que tuvo sesiones maratónicas de hasta 24 horas seguidas, con el suplemento energético de litros y litros de café de filtro. ¡Qué imprescindible se hacía la bebida en el sopor de los despachos! Estadounidenses, africanos, latinoamericanos y europeos concluyeron que el gigantesco consumo de café en el mundo necesitaba una regulación para asegurar la provisión de los países meridionales que hacían de la cafeína el combustible para sus ciudadanos y empleados mal dormidos. Y fijaron el 30 de diciembre de 1963 como fecha tope para poner en práctica un Acuerdo Internacional del Café, que repartía cuotas de compras y ventas según los volúmenes de producción de cada uno de los países (una curiosa forma de libre mercado, ¿no?). Para entonces, el comercio mundial de café había aumentado a 45 millones de sacos de 60 kilos. Entre sospechas de estar alentando la formación de un “cártel internacional”, los senadores yanquis discutieron el acuerdo en el Comité de Asuntos Exteriores (“¿lo que están haciendo no es cargar el peso sobre los consumidores norteamericanos de café para mantener el nivel de precios en un país extranjero?”, se preguntaron) y, con el país aterrorizado por la crisis de los misiles que nadie vio jamás pero cuya presencia se percibía como un aliento en la nuca, sintieron la amenaza a kilómetros nomás de la costa de Miami, donde los primeros refugiados anticastristas iniciaban a los gringos en las nociones del café a la cubana, tostado muy oscuro, molido demasiado fino, bien azucarado y filtrado en un colador de lana.

“Buscan un pedazo de tierra, un trabajo seguro, un estómago lleno, la educación de los niños. Seremos nosotros o los rusos. Es así de sencillo”: la conclusión del dirigente Wendell Rollason en una conferencia de una organización anticastrista de Miami disfrazaba de preocupación humanitaria el terror por la avanzada comunista en la ciudad donde, algunos años más tarde, la Radio Martí invadiría Cuba con sus ondas donde despotrica contra el gobierno castrista y alienta a inmolarse en balsas para tocar la costa del edén del consumo. Como todo cubano, el prócer revolucionario tenía su propia fascinación con el café: “Tiene un misterioso comercio con el alma; dispone los miembros a la batalla y a la carrera; limpia de humanidades el espíritu; aguza y adereza las potencias; ilumina las profundidades interiores; y las envía en fogosos y preciosos conceptos a los labios; dispone el alma a la recepción de misteriosos visitantes, y a toda audacia, grandeza y maravilla”. En la década del ’60, las palabras de José Martí rebotaban con otra cadencia en Angola o en Cuba, la última vez que una línea imaginaria unió África con el Caribe. De uno u otro lado del Atlántico, originarios y descendientes se unieron en un ritual a la distancia cada vez que todos los negros tomaban café.

Podés leer esto y mucho más en el #LibroCafé: de Etiopía a Starbucks, la historia secreta de la bebida más amada y odiada del mundo.

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