Las obsesiones de un pibe cualquiera

20 Feb 2015

El capítulo que escribí para la edición colombiana del libro “Café”. ¡Que lo disfruten con un rico tinto!

Valderrama

Libro Café Colombia“Santa Marta, Santa Marta tiene tren, Santa Marta tiene tren, pero no tiene tranvía”: de niño, la canción de género indefinido (¿una cumbia o un vallenato?) era parte del repertorio con el que mi madre me levantaba en la hora impía de la educación católica. Confieso que, aun temprano para el análisis semántico, me intrigaba la letra: si Buenos Aires tampoco tiene tranvía, ¿por qué su ausencia en Santa Marta inspiró unos versos tan conocidos del romancero popular? ¿Tenía algo que ver con la sospecha de que “las mujeres bogotanas no saben ni dar un beso”, como seguía la letra? Todavía menos interesado por las cuitas románticas que por los misterios del mundo, animado por las posibilidades del saber infinito que prometía la enciclopedia de lomo verde inglés heredada de mi abuelo, me propuse averiguar adónde quedaba Santa Marta y si era cierto, o no, que no tenía tranvía. Pronto supe que es la ciudad más antigua de Colombia y la segunda de Latinoamérica, que por allí murió el prócer Simón Bolívar, que en su exuberante geografía conviven un centenar de playas con una sierra nevada y que es un paraíso caribeño sudamericano (curiosamente, la enciclopedia no decía nada del tranvía ni de ningún otro medio de transporte). Pero el dato tomó la forma de una epifanía infantil cuando leí que Santa Marta es famosa por la producción de bananas y del producto que estimulaba mis mañanas mientras mi madre entonaba su cancionero del desayuno: el café. 

En mis precoces cavilaciones detectivescas, deduje que el tren de Santa Marta se había construido para transportar los granos desde las fincas hasta el puerto, como en otras pujantes economías latinoamericanas donde el ferrocarril era una conexión con los siete mares. A mí, un chico de clase media con ansias de mundo, pronto Colombia se me antojó como uno de mis países favoritos del planeta, tan lejano de mi barrio y a la vez cercano en mis ensoñaciones como Bélgica, tierra natal de mi admirado Tintín, Italia, país donde nacieron mis bisabuelos, o Nepal, sólo porque me fascinaba el pabellón patrio que figuraba en la enciclopedia: dos banderines triangulares unidos y de rojo refulgente con bordecito azul. La fantasía de un edén cafetalero animaba mis ambiciones viajeras y en la Argentina de los ’80, la última década desconectada, conseguir un cuartito rubricado con la estampita de Juan Valdez era una bendición más infrecuente que una dispensa papal (años más tarde, la globalización llevó el café colombiano hasta los confines más remotos y hoy mismo, ya adulto, frecuento una pequeña cafetería cerca de mi casa donde preparan un blend bautizado “Satisfacción”, mitad de Yumai Estrella Dorada y mitad de Guanes Genuino, y otra donde sirven tres variedades por aquí rarísimas: un Excelso cultivado en Bucaramanga, el Supremo de la región de Armenia o el Exótico Guayatá, elaborado por una comunidad de mujeres campesinas en Boyacá). En el imaginario colectivo perdura la idea de que ese café es el mejor del mundo y, si es cierto que hizo de la calidad una razón de ser, la perdurable iconografía de sus custodios (el siempre amable Valdez, su mula Conchita o las montañas picudas) es la garantía que acompaña un sello de prestigio internacional: “100% café colombiano”.

Ya en mi etapa de lector voraz adolescente, en los años ’90, mi simpatía por Colombia tomó la forma de un Macondo íntimo: devoré Cien años de soledad porque adoraba la saga interminable de los Buendía y, secretamente, buscaba pistas que alumbraran mis inquietudes juveniles (los escarceos del sexo o los secretos del café, que los había de ambos); me sulfuré cuando leí “el café es veneno” en El amor en los tiempos del cólera, pero después me compadecí de ese “marido perfecto” que nunca recogía nada del suelo, ni apagaba la luz, ni cerraba una puerta: “Todos los días, al primer trago de café, y a la primera cucharada de sopa humeante, lanzaba un aullido desgarrador que ya no asustaba a nadie, y enseguida un desahogo: ‘El día que me largue de esta casa, ya sabrán que ha sido porque me aburrí de andar siempre con la boca quemada’”. En la prosa de García Márquez y en la vida misma, el café era de Colombia y Colombia era café. Punto. Por esos años, la televisión vespertina alimentaba mi obsesión: en casa se veía la novela Café con aroma de mujer y si madres y abuelas se desvelaban por las cavilaciones del amor yo toleraba los devaneos de Gaviota y su galán para espiar el folklore de los recolectores en el Eje Cafetero, migrantes con la cosecha de cada temporada, y aprender, aun con los tonos melodramáticos del culebrón, alguna cosa sobre la vida en las fincas rurales o los negocios de la Federación Nacional de Cafeteros, que eran parte de las intrigas imaginadas por los guionistas.

Recién entonces, como en otros momentos de mi vida y con otros temas, sentí que un círculo estaba a punto de cerrarse. Educado en los rigores tibios de una formación religiosa, me enteré de que el café había llegado a Colombia hace doscientos años gracias a dos curas jesuitas muy originales que habían plantado los primeros cafetos y así desarrollaron su propio sistema de expiación: después de la confesión, los pecadores debían cultivar una cantidad de arbustos determinada por la gravedad de la falta, como método de purgación personal y fundación de un país. Yo tenía misa los miércoles bien temprano y, aunque ya estaba grandecito como para que mi madre me levantara con la canción de Santa Marta, a la mañana desayunaba mi café religiosamente. Y a la tarde, después de la escuela, mis amigos jugaban al fútbol mientras yo relataba los partidos: tenía más aptitudes vocales que físicas. Fanatizados con la pelota, mis compañeros hablaban de eso todo el día y entonces alumbraron el apodo que calzaba perfecto con mi incontrolable melena enrulada, aunque no con mi torpeza: por un tiempito me dijeron “Valderrama”. En aquellos años del traumático 5 a 0 contra la Argentina en el estadio Monumental era casi una afrenta para mi módica noción de nacionalismo deportivo. Pero la broma se convirtió en parábola cuando supe que “El Pibe” nació en Santa Marta, aquella ciudad que seguía sin tener tranvía. Y pude advertir la ironía de que el equipo que nos había quitado el sueño fuera conocido, acá y en todo el mundo, como “la Selección cafetera”.

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