El pastor Kaldi y las cabras locas

12 Feb 2016

Durante enero y febrero, disfrutá de las lecturas de verano: fragmentos del #LibroCafé.

Kaldi

El origen del café puede ser también el origen de un dicho que cala hondo en el refranero popular de las tías, casi siempre en alusión a una cuñada díscola o una vecina bataclana: “Está más loca que una cabra”. En las rondas vespertinas de mate y La Morenita en la casaquinta de Los Cardales, donde las tardes se eternizaban en el chismorreo acerca del que justo acababa de irse, escuché la frase mil veces: saciados de chapoteos en la pileta que mi abuelo había cavado a pico y pala, atomatados en nariz y hombros por la impía fuerza del sol en una época en que las mujeres de la familia se untaban en sapolán para freírse, los chicos éramos furtivamente admitidos en la mesa de los mayores y servidos con un café con leche con pan de campo y manteca, siempre que nos mantuviéramos sordos (y, sobre todo, mudos) ante el comentario encriptado sobre una prima segunda que, en su moral reprobada, estaba más loca que una cabra. “Que una cabra loca”, remataba mi madre, en su propia tautología de docente. “Loca”, se repetía y los adultos se daban por anoticiados, con el secretismo de lo no dicho pero entendido. Si “loca” era, en los años de mi infancia, la contraseña para calificar a aquella de conducta amatoria irregular o para definir a aquel de sexualidad extravagante, en el origen de los tiempos fue un intento de explicar el errático comportamiento de una cabra, hechizada por los vapores de un amante venenoso: el café. 

No existen pruebas científicas ni datos históricos concretos acerca del lugar o la época del descubrimiento del café pero una fundación mítica, propia de una fábula oriental, ubica el momento cero alrededor del año 800 en la antigua tierra de Abisinia, que hoy se conoce como Etiopía, un territorio montañoso del Cuerno de África donde su paupérrimo pero digno pueblo adoptó el cristianismo en forma temprana, aun cuando ninguno de sus vecinos profesaba esa fe. En la sagrada gesta de los tiempos remotos, del otro lado del Mar Rojo y bastante hacia el norte, Moisés había conducido a su gente hacia la libertad. De resonancias bíblicas, Abisinia era el punto de encuentro entre las tribus africanas y los colonos árabes, probablemente: la cuna de la Humanidad. Y del café, porque el hombre y su bebida sagrada nacieron en el mismo lugar. La leyenda habla de un joven pastor, que además era poeta, y se llamaba Kaldi. Relajado por la lasitud de su temperamento y lo poco exigente de su trabajo, el buen pastor divagaba por las montañas mientras sus cabras retozaban felices en búsqueda de alimento, gozosas en la libertad de su dieta sin restricciones o de su día sin horarios y, al caer la tarde, el muchacho las llamaba con su flauta para regresar al corral, como un Hamelin con anabólicos. Ellas bajaban de las alturas, la jornada laboral se daba por cumplida y todos contentos. Pero un día que se insinuó aciago y se demostró glorioso, las cabras no volvieron. Con una mezcla de preocupación genuina y el desconcierto del que va por la vida ligero de inquietudes y de pronto se topa con una dificultad, Kaldi vaciló pero se internó entre los árboles para buscarlas; aguzó el oído, se dejó guiar por la intuición y, con el hallazgo, se develó ante sus ojos el aquelarre: siempre apacibles hasta entonces, las cabras corrían embravecidas, se daban tumbazos unas contra otras, se erguían sobre las patas traseras y balaban en un éxtasis frenético. Las cabras estaban locas.

En un rapto de imaginación, Kaldi pensó que estarían embrujadas: esos frutos rojizos que comían con voracidad no podían ser más que los venenitos de un arbusto que no había visto nunca. Preocupado por la suerte de su rebaño, comprobó con alivio que las cabras no murieron, más bien lo contrario: si el sueño es una manera de morir todos los días, esa noche las cabras no durmieron. “En la Biblia, ‘muerte’ y ‘sueño’ son palabras intercambiables y siempre se refiere a ellas como instancias divinas”, escribió el autor Blake Butler en su ensayo Nada, retrato de un insomne (en la antigua Grecia, el dios del sueño era Hipnos, hijo de Nix, diosa de la noche, y hermano de Tánatos, dios de la muerte, y marido de Pasítea, diosa de la alucinación: todo tiene que ver con todo). A la mañana siguiente, aún con exceso de energía, las cabras volvieron a retozar entre los arbustos y masticar con frenesí las bayas coloradas. Toda gesta fundacional requiere de un adelantado: aquí Kaldi, envalentonado como un Hernán Cortés de las alturas, se animó a probar el fruto prohibido. Acaso en el anhelo de una epifanía, no murió ni se volvió loco: se defraudó al encontrarlo muy amargo. Pero aun en la decepción recogió una canasta de aquellas cerezas raras y, ya de regreso esa tarde, en lidia frenética con las cabras todavía excitadas, entregó los frutos del árbol mágico a los monjes de un monasterio cercano, que coincidieron en lo poco agraciado del gusto y los tiraron al fuego, para desecharlos por intragables: en una elipsis fabulosa, como la del hueso que se eleva en el aire y cae ya transformado en nave espacial, la semilla saltó sobre las llamas, se separó de la pulpa, el grano empezó a tostarse y el aroma del primer café de la historia enloqueció a cabras, hombres y monjes.

Siempre en la búsqueda de estimulantes sobrios que ofrecieran estímulo en las noches de vigilia dedicadas a los diálogos divinos, los monjes adoptaron el café y, en poco tiempo, se extendió por el mundo árabe como la bebida del ardor, intelectual y erótico (un viejo cuento dice que le preguntan a un pastor de Yemen si prefiere amar a una señorita inglesa o a una cabra y él, con lógica irrebatible, contesta: “¿Cómo podría elegir entre ambas si nunca me acosté con una inglesa?”). El espíritu soñador de Kaldi, más poeta que pastor, dio lumbre a un mito milenario, aunque Wikipedia, en su enciclopédico afán de precisión, diga que “la historia es probablemente apócrifa”, con la insidia de un vecino que devela el inútil destino del pastito para los camellos en una noche de Reyes. El primero en contar la fábula de Kaldi fue el sabio maronita Antoine Faustus Nairon, que fue profesor de lenguas orientales en Roma y que escribió la historia en el ensayo De saluberrima potione cahue seu cafe nuncupata discursus (el “Discurso sobre la muy saludable bebida café y descripción de sus virtudes”, publicado en 1671). Aunque los expertos juren que no existe ningún indicio textual o arqueológico de la existencia del café en la remota Abisinia del siglo IX, el bebedor de espíritu soñador, arrobado ante la fruición del cotorreo, dice: “Quiero creer”. Si el mito es un habla, ¿cómo podría mantenerse impasible ante una historia que se cuenta desde hace tantos años, inmóvil frente a la taza que lo conecta con los antepasados remotos? “Un árbol es un árbol. No cabe duda”, escribió Roland Barthes en sus celebérrimas Mitologías: “Pero un árbol narrado por Minou Drouet deja de ser estrictamente un árbol, es un árbol decorado, adaptado a un determinado consumo, investido de complacencias literarias, de rebuscamientos, de imágenes, en suma, de un uso social que se agrega a la pura materia”.

Si un árbol en la voz de una sugerente actriz francesa puede narrar un mundo que excede los límites botánicos de las ramas, las hojas y las flores, el fruto de un arbusto podrá resumir un universo en una taza, al menos para un niño pródigo en ensoñaciones, fanático prematuro de la bebida y las historias bien contadas: en las tardes de la casaquinta, el general de un ejército de soldaditos de plástico o el cabecilla de un barco pirata Playmobil, testigo sordo (y mudo, ¡mudísimo!) de un folklore familiar donde alguna prima se volvía loca siempre que los hombres estaban cabreros.

Podés leer esto y mucho más en el #LibroCafé: de Etiopía a Starbucks, la historia secreta de la bebida más amada y odiada del mundo.

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