Cata del libro “Café”

14 Oct 2016

libro-cafe-colombia

“El libro Café del escritor Nicolás Artusi cuenta de manera jocosa, brillante y, citando a grandes escritores, historiadores, antropólogos, sociólogos entre otros, que han dedicado un espacio de su vida para investigar y escribir sobre café”. Así empieza la reseña del colombiano Diego Armando en su blog El catador de libros: pura generosidad. Desde la tierra del café, este bartender y lector compulsivo comparte con sus seguidores las curiosidades que encontró en mi libro: desde la primera cafetería abierta en la antigua Constantinopla hasta la creación del mítico Juan Valdez en una agencia de publicidad neoyorquina. El libro Café salió en Colombia el año pasado (tiene una tapa distinta, ¡de colores negro y verde!) y desde allá se distribuyó hacia Ecuador, Perú y distintos países del Caribe. Y tiene un prólogo escrito especialmente para los lectores colombianos, que todo el mundo puede leer acá.

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El libro del Café

Cuando el café va a la guerra

02 Sep 2016

Marines

Si la guerra es el infierno, el café puede ser la salvación. Éste es el diagnóstico de un amplio informe que publicó NPR, la radio pública de los Estados Unidos. Desde la Guerra de Secesión, cuando los soldados del norte improvisaron latas de café instantáneo en los mangos de sus fusiles, hasta los marines en Afganistán, que tienen el café como uno de sus rituales comunitarios, una taza caliente aporta consuelo y una sensación de hogar entre los que están en el frente de batalla. Y en Vietnam, el café fue muy importante en la geopolítica de la posguerra, tanto que el país asiático se convirtió en el segundo productor mundial en menos de cuatro décadas. Algunas de estas historias se cuentan en el libro Café, de Etiopía a Starbucks, la historia secreta de la bebida más amada y más odiada del mundo.

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El libro del Café

Siempre habrá vasos de papel vacíos

26 Feb 2016

Durante enero y febrero, disfrutá de las lecturas de verano: fragmentos del #LibroCafé.

Anthora

We are happy to serve you”. El saludo servicial impreso en un vaso de papel anima la duda en el cliente inseguro porque contradice la brusquedad de una camarera con mala cara o el apuro de un cafetero callejero que, en el despacho veloz de la bebida, hace rendir el negocio, en tanto la celeridad del consumo anime la rotación veloz de clientes: ¿están felices de servirme? Es el lema que se reproduce en miles, millones, ¡decenas de millones!, de vasos de papel por todos los Estados Unidos, vasos descartables que combinan los colores azul, blanco y dorado, que aparecen en todas las películas o las series yanquis donde se tome café, que se convirtieron en una imagen icónica de la americanidad al punto de que el diario The New York Times, en el obituario de la muerte de su creador, los definió como “un emblema tan vívido como la Estatua de la Libertad”: si es cierto que el vaso descartable es la más perdurable pieza efímera de Nueva York, en la síntesis de su diseño y en la brevedad de su vida útil resume dos condiciones del american way of life: precisión y fugacidad. “Estamos felices de servirle”, se imprime sobre la superficie cilíndrica de los vasos entre dos guardas de inspiración griega y con la tipografía que imita los caracteres del alfabeto cirílico, sólo para recordarle al bebedor que, en el fondo de cualquier vaso de café, se encuentra una cierta idea de la felicidad. (más…)

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La tiranía del psicoanálisis

19 Feb 2016

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Freud, café

El que tiene la idea fija encuentra una vulva en un grano de café. Las dos mitades similares pero jamás simétricas, como nada en la naturaleza, se unen por el medio para dibujar una raja que sería el umbral de la vida. “¿Lo dejamos acá?”. Una liturgia del psicoanálisis interrumpe el divague en la sospecha de la epifanía, cuando el obsesivo descubre el temor a ser engullido por una vagina dentada; ahí donde el paciente desconfiado pueda suponer que el analista se aburre (en el peor de los casos: se duerme) o que el afán productivo lo empuja a comprimir tres turnos en una hora y por eso siempre se lo percibe apurado, mis veinte años como paciente crédulo me animan a creer que la frase clave, asertiva en su afirmación, muta en interrogativa con el punto final y estimula toda una semana de razonamientos enrulados. ¿El umbral de la vida? Lo dejamos acá. Acaso haya pensado eso Sigmund Freud, adherente célebre de la cafeína y de la cocaína, eternizando una tarde, y otra, y otra, en la mesa del Café Landtmann de Viena, mientras hacía tiempo entre consultas y se debatía en la rivalidad con el discípulo también cafeinómano, Carl Jung, que en la manía de exigir una, dos, tres tazas habría acuñado su frase inmortal: “Lo que resiste persiste”.  (más…)

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El pastor Kaldi y las cabras locas

12 Feb 2016

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Kaldi

El origen del café puede ser también el origen de un dicho que cala hondo en el refranero popular de las tías, casi siempre en alusión a una cuñada díscola o una vecina bataclana: “Está más loca que una cabra”. En las rondas vespertinas de mate y La Morenita en la casaquinta de Los Cardales, donde las tardes se eternizaban en el chismorreo acerca del que justo acababa de irse, escuché la frase mil veces: saciados de chapoteos en la pileta que mi abuelo había cavado a pico y pala, atomatados en nariz y hombros por la impía fuerza del sol en una época en que las mujeres de la familia se untaban en sapolán para freírse, los chicos éramos furtivamente admitidos en la mesa de los mayores y servidos con un café con leche con pan de campo y manteca, siempre que nos mantuviéramos sordos (y, sobre todo, mudos) ante el comentario encriptado sobre una prima segunda que, en su moral reprobada, estaba más loca que una cabra. “Que una cabra loca”, remataba mi madre, en su propia tautología de docente. “Loca”, se repetía y los adultos se daban por anoticiados, con el secretismo de lo no dicho pero entendido. Si “loca” era, en los años de mi infancia, la contraseña para calificar a aquella de conducta amatoria irregular o para definir a aquel de sexualidad extravagante, en el origen de los tiempos fue un intento de explicar el errático comportamiento de una cabra, hechizada por los vapores de un amante venenoso: el café.  (más…)

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La achicoria de Napoleón

05 Feb 2016

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Napoleon

“¡Maldito café! ¡Malditas colonias!”: la derrota era una patada al hígado para Napoleón. A fines del 1700, el café ya se cultivaba en América Central, donde los esclavos emigrados desde África caían como moscas bajo el sol inclemente de la cosecha. Los antropólogos del grano aseguran que para el año 1788 la mitad de la producción mundial se concentraba en la isla La Española, primer paso firme de Cristóbal Colón en su llegada al continente, terruño caribeño de lo que hoy es la República Dominicana y Haití. Más adelante se contará esta historia. La vida allí era subhumana: “¿Acaso no colgaban a los hombres cabeza abajo, los ahogaban en sacos, los crucificaban en tablones, los enterraban vivos y los machacaban en sus morteros?”, escribió un ex esclavo sobreviviente en sus memorias del horror: “¿Acaso no los obligaban a comer mierda?”. En 1791, los esclavos de Haití se sublevaron, iniciando la elipsis histórica que conmueve por su amarga ironía: el primer país del continente en alcanzar su independencia hoy es el más miserable. Entre aquellos esclavos del café se había sembrado la semilla de la libertad. Mientras tanto, en los recoletos jardines parisinos de las Tullerías, siempre exagerado en sus expresiones e inspirador involuntario de toda una literatura de chistes sobre locos que se imaginan adorando a Josefina con una mano adentro del saco (¿por qué las fantasías psicóticas jamás se emparentan con Julio César o con Alejandro Magno?), Napoleón hizo un último intento de reprimir las revoluciones caribeñas y cuando supo del fracaso final de sus tropas le echó la culpa a la bebida de la que había sido un precoz aficionado. ¿Maldito café?  (más…)

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Todos los negros tomamos café

29 Ene 2016

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Che Guevara, café

“Ay mamá Inés, ay mamá Inés, todos los negros tomamos café”. Con la carota redonda y el gesto excedido, casi desencajado, el crooner cubano está sentado frente al piano y, en lo que parece el living de una casa, divierte a la concurrencia de la tertulia, una señorita abúlica en el fondo, un caballero de pie con una copa en la mano: Bola de Nieve le canta al café. En el único video que existe del hit caribeño interpretado en vivo allá por la década del ‘50, el cantante y pianista celebra en los distintos tonos del gris “la canción que conocen todos los cubanos, adentro o afuera de la isla, sean jóvenes o viejos, negros o blancos”, según la definición de la historiografía musical habanera. El tango-conga Ay mamá Inés inmortaliza una melodía que todas las hinchadas del mundo adaptaron para la rima de sus parcialidades y resume la maravillosa vida breve del barrio Jesús María, en La Habana vieja, donde en los ’50 y ahora se baila salsa, se juega al dominó, se compran tabaco y ron… y se toma café. Prudente en las definiciones políticas y homosexual tapadísimo, acaso como método de supervivencia ante las persecuciones del régimen, Bola de Nieve fue el gran embajador de la música cubana antes y después del mítico 1º de enero de 1959 y, aunque la hora exigía artistas comprometidos con la revolución, en todas las calles de la isla se entonaban los versitos de la cantata caribeña al café.  (más…)

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El coffee break, 15 minutos eternos de fama

15 Ene 2016

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Coffee Break vintage

La pausa son quince minutos: ni uno más ni uno menos. En el minuto dieciséis, el cerebro empieza a perder el estímulo energizante de la cafeína y, ahí donde un jefe de personal siga viendo el coffee break como un derroche de tiempo, el sopor que embarga al empleado le terminará dando la razón: según estudios de la Universidad de Copenhague publicados por la muy específica revista Symbolic Interaction, la “pausa para el café”, toda una institución en las oficinas del hemisferio occidental, disminuye el estrés y mejora la salud mental: un alto en la tarea burocrática o repetitiva cumple “importantes funciones psicológicas y sociales en los centros de trabajo”, pero así como no deba interpretarse jamás como una mera pérdida de minutos (el Instituto Tecnológico de Massachusetts, el admirado MIT por su sigla en inglés, demostró que la costumbre de generar una pausa para interactuar con colegas afuera de una sala de reunión aumenta la productividad un 8 por ciento), tampoco debe durar demasiado: si un jingle de la publicidad argentina en su etapa más virginal repetía en la tanda “la pausa son cinco minutos…” para tomarse un té, en el coffee break se admiten hasta quince. Mientras los expertos en insomnio recomienden dormir siestas de veinte minutos como máximo para no caer en la profundísima fase REM del sueño, la pausa para el café que dure más de quince también sería contraproducente, en tanto se nos haga más seductor prolongar la cháchara ociosa y más difícil volver al trabajo.  (más…)

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El #LibroCafé vuelve recargado

14 Dic 2015

Libro Café, Fundador

El libro Café vuelve a salir a la calle. Y como no podía ser de otra manera, ahora viene acompañado de… café. Por tiempo limitado, las librerías Cúspide ofrecen el libro en un pack que incluye un café estilo italiano de Fundador, una de las empresas más tradicionales de tostado en la Argentina. Así, la experiencia es completa: para leer, la historia secreta de la bebida más amada y más odiada del mundo. Para beber, uno de los más tradicionales tostados del planeta, ideal para la preparación del mítico espresso. El libro Café ya lleva cuatro ediciones agotadas en la Argentina y una en Colombia, donde se publicó este año y fue presentado en Hay, el prestigioso festival literario que se realiza en Cartagena.

 

Leé el primer capítulo del #LibroCafé, donde empieza la historia de mi vida como fanático (y algunas cosas más).

 

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Acá empieza la historia

05 Jun 2015

Regalo para los lectores del blog: el primer capítulo del libro “Café”, cuya cuarta edición ya está en la calle.

Café, Monstruo solapa

Soy un drogadicto.

Con la retórica propia de un grupo de autoayuda, me asumo como narcótico aunque no ya como anónimo: en un obvio intento de alcanzar cierta notoriedad escandalosa, me declaro en público como drogadicto desde los 6 ó 7 años, en la confesión que podría conmover a las tías en la sobremesa o hacer sonar las luces rojas en la oficina de un asistente social. Mucho antes de la consagración estilística del heroin chic, y cuando algunos de mis compañeritos representaban parodias de oficios nobles, como bombero o superhéroe, yo tenía fantasías de yonki: me oscurecía las ojeras con corcho quemado e imitaba el temblor esperpéntico de un cantor de tango pasado de alcaloides. Desde la escuela primaria tomo la droga más consumida del mundo; a veces, pura; a veces, rebajada: con leche o con azúcar. Mi madre nunca padeció el prurito de privar a sus tres hijos de una saludable dosis de cafeína aunque en mí tuvo un efecto más perdurable que entre mis hermanos. Una prematura epifanía de adulto me animó desde niño a replicar algunos hábitos de los mayores, como leer el diario, escuchar la radio en su amplitud modulada, frecuentar bares de viejos donde se discutiera fuerte por un partido de dominó o tomar café en su preparación más concentrada y veterana, el espresso. Pero nunca pude conformarme con un solo pocillo y, si fuera cierto que todo exceso se funda en un placer que el hombre quiere repetir más allá de las leyes ordinarias promulgadas por la naturaleza, al decir de Honoré de Balzac, tardé mucho en comprender que mi afición por el café era una forma de adicción fundada en la repetición casi maníaca de un goce, una adicción acaso menos nociva que otras pero igual de persistente.

Soy un drogadicto. Tomo diez cafés por día. (más…)

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