Río, día 3: merienda y cena cinco estrellas

01 Abr 2010

sommelier-do-cafeTengo la ilusión de cruzarme con Giselle Bündchen o Arnold Schwarzenegger, habitués reconocidos de estas coquetas habitaciones cuando visitan Río: en la chic Leblon, se impone el Marina All Suites (Avenida Delfim Moreira 696). Con pocos cuartos pero de súper lujo y vista privilegiada hacia el Morro Dos Irmãos y la favela aledaña, no sólo ofrece alojamiento boutique para el pasajero frecuente: también tiene el Bar D’Hotel. Si es cierto que las grandes intrigas internacionales no se dirimen en embajadas sino en un lobby bar (lo sabe cualquiera que haya leído a Graham Greene o John Le Carré), éste se asume como más indolente y menos intrigante. Una pequeña joya gourmet entre tanta pizzería: el suelo de baldosas imita los zigzagueos de Copacabana, la decoración vintage cumple con los berretines del bo-bo (bohemio-burgués) y las escasas mesas refuerzan el carácter de elitista, donde cuesta conseguir lugar. Consigo. En las guías de turismo más entendidas se destaca el uniforme del personal, confeccionado por la diseñadora top Lenny Niemeyer: pantalones anchos y zapatillas All Stars. Aunque el menú cafeteril original fue diseñado por la prestigiosa barista Isabela Raposeiras, el Bar D’Hotel se rindió a la practicidad de la cápsula: sirven Nespresso, en digna taza original. En plan de merienda hedonista (como todo en Río), se acompaña por una bomba calórica: crépes rellenos de Nutella, con helado de crema y almendras tostadas.

 

bar-dhotel

 

Pero como uno, en definitiva, es un deportista, se atormenta por la culpa. Y para la cena, pegadita en horario, se camina cuatro cuadras hasta Juice Co. (Avenida General San Martín 889). Cerca de las calles Urquiza y Bartolomé Mitre, rincón argentino, el refinado restaurante naturista fundado por el holandés expatriado Jeroen van den Bos brinda una carta variada para el glotón atragantado. Las combinaciones de jugos son frutales, brutales e infinitas y, como el aire marino abre el apetito, se recomienda la última inyección calórica del día: cóctel de banana, naranja, miel y yogur.

Tags
Encontrá más notas similares en
Crónicas de viaje

Río, día 2: el lujo no es vulgaridad

31 Mar 2010

sommelier-do-cafe1Un instinto natural por el lujo me conduce, casi como en una epifanía, hasta la Rua Garcia D’Avila, en Ipanema, donde el millonario local de Louis Vuitton sugiere: ésta es zona de boutiques. Al lado nomás, la heladería Mil Frutas (Rua Garcia D’Avila 134) ostenta el título de haber sido elegida ocho veces como la mejor de Río: fundada en 1988 por la ex periodista Renata Saboya (parece que los cucuruchos rinden más que las redacciones), se ganó elogios hasta del New York Times, donde se escribió que “sus sabores melón, maracujá y ananá con menta son pequeñas obras maestras”. Para no ser ajeno a mis propósitos, elijo aςai (el fruto rojo hiperproteico, maná para el corredor) y café con chocolate: insuperables. Los espíritus más audaces tienen otros 158 gustos a disposición (una bocha: 8 reales; dos bochas: 14 reales), entre los que se destacan el lisérgico ajenjo (!) y el sake a la ciruela (!!).

 

rio-dia-2

 

Enfrente del helado deluxe, George Clooney te invita con una tacita de café (en versión ploteada, se entiende). La boutique de Nespresso (Rua Garcia D’Avila 117) distrae, con sus tres pisos, a las garotas de Ipanema que rumbean hacia la playa. Nomás entrar, me identifico como socio del Club Nespresso y me ofrecen un cafecito: pido un Roma. Ahh.

nespresso-taza-vidrioSe dijo que el instinto por el lujo me puede y, en un arrebato, compro cuatro tazas de vidrio transparente con platito en color, importadas de Suiza y con diseño de A. & P. Cahen-ADN, el auténtico emblema de la marca que los estrictos regímenes de importación argentinos impiden su distribución en mi país (acá prefiero ahorrarme la precisión del gasto, para no quedar como un loco por las compras). Con amabilidad de azafata en vuelo internacional, una dependienta me lleva a recorrer los tres pisos y, al llegar al último, me muestra la terraza, con sillas y mesitas para tomar café de la casa y disfrutar de la vista que llega hasta la Lagoa Rodrigo de Freitas: un verdadero club exclusivo para cafeteros. Aunque insista con mi filiación de socio, se me exige el carnet que, obvio, dejé en Buenos Aires (con el del videoclub y el gimnasio). La empleada me regaña, me prohíbe el paso a la terraza, remarca la necesidad de viajar con la tarjeta del Club Nespresso adonde sea que haya una boutique y, acá ya sí imperturbable, no se mosquea cuando le digo: “Sólo viajo con mi pasaporte y mi American Express dorada”.

Tags
Encontrá más notas similares en
Crónicas de viaje

Río, día 1: Operación ley seca

30 Mar 2010

sommelier-do-cafe “Operaςao lei seca, beba café!”: aun en este país de cerveja livianísima, se desalienta el consumo etílico y las cafeterías se anotan para aprovechar el filón. Es el primer día en Río de Janeiro y, ahí donde la estadística apunte que Brasil es el mayor productor mundial de café, la infusión se sugiere omnipresente, casi una razón de orgullo nacional. Aquí no habrá un Juan Valdez que resuma la placidez beatífica del terruño colombiano, pero el café es tan brasileño como Sonia Braga o las veredas sinuosas de Copacabana dibujadas por el maestro paisajista Burle Marx. Para que no existan dudas, las cafeterías entendidas ostentan sello en la puerta (“Círculo do Café de Qualidade“) y, si el espresso es bebida popular tanto como en Roma o en Buenos Aires, las variedades resumen el mapa del gigante: Alta Mogiana Paulista, Sul de Minas, Orgánico de Pernambuco. En Armazém do Café (Avenida Visconde de Pirajá 261, corazón comercial de Ipanema), la infusión se supone secreto estratégico: se prohíbe sacar fotos, quizás para no robar la fórmula del Espresso do Armazém (R$ 3,30, unos 7 pesos argentinos), la bebida reconcentrada y mais gostosa do mundo, una variedad obtenida de una selección de granos arábicas brasileños. Se toma de un tirón, sin galletita ni vaso de agua: casi un ristretto para el fanático. Y en una vitrina se ofrecen los souvenirs para coleccionistas (cafeteras Bialetti, tazas dibujadas, robustas máquinas express) y los blends que, nomás llegar, con su nombre ya te ponen en clima tropical: Conga, Rumba y Sambo.

 

cafe-do-brasil

Tags
Encontrá más notas similares en
Crónicas de viaje

Moscú, día 5: una bandera verde en el imperio rojo

12 Oct 2009

sommelier-en-rusia

Una cuestión de orgullo nacional: en Moscú, nadie pero nadie habla inglés y el que habla se hace el que no entiende. Aunque los Beatles nos hayan hecho creer en el idioma de la Reina que “las chicas de Moscú me hacen cantar y gritar” (Back in the USSR) y el mito popular repita que tocaron en vivo y en secreto para los jerarcas del Soviet Supremo, es el idioma del enemigo y, encima, del que ganó. Por eso, en esta esquina de la recoleta avenida Tverskaya, donde están los Marriott, los Sheraton y los Four Seasons, en esta esquina se esconde casi con pudor el CTAPbAKC que planta bandera verde en el imperio rojo: Starbucks, en ruso. La internacional cafetera homologa interiores allá donde se presente, con ligerísimas señas de identidades nacionales: un vasito térmico con el dibujo de una mamushka, los tazones que en mi patria reproducen un glaciar como ícono criollo (¿dónde vivo, en Alaska?) y que acá replican la postal turística del Kremlin, y un hogar eléctrico, con fueguito y todo: leo que, durante al menos dos semanas entre diciembre y enero, la temperatura se estira hasta los 30 grados. Bajo cero.

CTAPbAKC. La versión rusa de Starbucks, el café de los "BoBos".
CTAPbAKC. La versión rusa de Starbucks, el café de los "BoBos".

Ajenos al pasado soviético, en sus celulares inteligentes se concentran los jóvenes BoBos (no tontitos: “bohemios-burgueses”, que acá los hay) y, junto al mostrador, se ofrece para llevar una variedad superpremium: como en la tarjeta de crédito, con paquete negro, el nuevo color del lujo total. Etiquetada como “Especial La Candelilla“, la caja de cartón troquelado muestra una foto caribeña y precisa el origen: Tarrazú, Costa Rica, terruño donde los cafetos crecen en la calle o al costado de la ruta, edén o infierno para el perdido por la infusión. El texto en español se lee con la extrañeza de los primeros avisos de un extraterrestre, pero un esperanto cafeteril hermana a los pueblos en la comunicación más básica: “Latte”, balbuceo trémulo, y un delantal verde empieza a calentar la leche.

Publicado en Clarín.

Tags
Encontrá más notas similares en
Crónicas de viaje

Moscú, día 4: postales de la niñez soviética

11 Oct 2009

rusia7La nena te mira con los ojos grandotes y la cara, entre consternada y estática. El pañuelo de colores que le cubre la cabeza es el símbolo de una niñez sufrida y, si una cruzada nacional juntó chocolates para los soldados de cualquier guerra, acá la imagen del paquete provoca culpa en el goloso, más por la estampita de una nena con estrecheces que por la ingesta de calorías: el packaging del chocolate Alyonka es una postal de la niñez soviética.

alyonka1Producto estrella de la fábrica Krasnii Oktyabr (“Octubre Rojo”), un souvenir que sobrevivió al comunismo, al menos en su representación icónica: desde la caída de la URSS, y aunque emplazada estratégicamente enfrente del Kremlin, al otro lado del río Moskva, Krasnii le pertenece a la multinacional Nestlé. Alyonka, el chocolate de la nena soviética, es uno de los productos más vendidos en Gastronom N°1, la supertienda de alimentos que atiende las 24 horas adentro de GUM, ex “Grandes Almacenes Estatales”, hoy shopping de lujo (y lugar donde acompaño el café con el tiramisú más delicioso que haya probado en mi vida: servido en vaso, y con dos vainillas como coronas). Los pisos de mármol y los mostradores laqueados sobreviven desde los años del Soviet, cuando la tienda hacía milagros para lograr la convivencia improbable entre el lujo ornamental y el racionamiento de comida, con las filas de rusos hambrientos que reclamaban una colación estatal y aguantaban el frío hasta la mismísima Plaza Roja.

100_0085
Gastronom N° 1. La supertienda gastronómica de Moscú.

¿Milagros inesperados? Con una peculiar idea de justicia social, todavía hoy se dice que Gastronom N°1 (definitivamente, más un Dean & Deluca báltico más que una proveeduría comunista) satisface las necesidades de la babushka pensionada o del oligarca obsceno: una cajita de té con envase soviético a módicos 10 rublos (la mitad que un pasaje de subte) o la exquisita infusión Premier, a 10 mil. Casi 350 dólares. ¿No es fino?

Tags
Encontrá más notas similares en
Crónicas de viaje

Moscú, día 3: Jamaica en Europa del Este

10 Oct 2009

rusia3

“Russia, niet kaΦe”, se esfuerza la encargada del mostrador Cafés de la supertienda Gastronom N°1 y, aunque ya sé que la temperatura ártica impide el cultivo y ella me hace oler una variedad que me tienta, me resisto al impulso comprador: tan lejos del trópico, parece una picardía llevarme de acá un café del “Ekvador“, según me dice. Reemplazado comunismo por consumismo y con nostalgia por los tiempos en que Rusia fue potencia (en la Plaza Roja venden todo tipo de memorabilia estalinista: réplicas del gorro del General o souvenirs con la hoz y el martillo), el capitalismo está cumpliendo la mayoría de edad desde aquellos meses finales de 1991 en que el beodo Boris Yeltsin decretó el final de la URSS y empezó a fundar el mito de los nuevos oligarcas (¿alguien dijo “mafiosos”?), como los de la película Promesas del Este o, más todavía: como el dueño del Chelsea y su fortuna de 20 mil millones de dólares.

Mi primer Dostoievski. "El jugador" y un espresso, en mi KAQETTN.
Mi primer Dostoievski. "El jugador" y un espresso, en mi KOΦETTN.

En Moscú, el nuevo rico se atraganta de bolsas y por eso no sorprende ni aun al pobre turista latinoamericano que en Gastronom N°1 se ofrezcan bolsitas con Blue Mountain, el café jamaiquino más caro del mundo (bueno, tampoco para tanto: el cuarto kilo, a 2.400 rublos, unos 80 dólares). Paso. En los bares, la infusión oscila entre el jugo de paraguas y el petróleo espeso y los menúes a veces sugieren “espresso” en un ítem separado: aclarar antes de que te sirvan un colado flojito. En la Plaza Roja, el Mausoleo de Lenin recibe con un ejército soviético el aluvión de turistas respetuosos y mi fugaz encuentro cara a cara con el padre del comunismo (yo vivo y él muerto, embalsamado atrás de un blindex, todavía en el cajón, la barba rojiza y el gesto beatífico) me impresiona al punto de que… necesito un café. “Necesito”, no “quiero”. Mientras las multitudes colman el Illy o el Armani Caffe, en una callecita trasera encuentro mi lugar en la tarde: KOΦETTN (“Cafetín”), un barcito amable donde me repongo del sofoco iniciándome en Dostoievski y, por 120 rublos (4 dólares), pido un café doble fuerte, y aclaro: “¡Espresso!”.

Tags
Encontrá más notas similares en
Crónicas de viaje

Moscú, día 2: nostalgias del imperio

09 Oct 2009

rusia2Muy lindas la educación, la salud y la revolución, pero lo que queremos es comprar. La parábola del capitalismo triunfante se escribe en las imponentes tiendas GUM, con sus 1.200 locales, la verdadera atracción turística de la Plaza Roja, ahí enfrente del Kremlin y al ladito de la Catedral de San Basilio. Construidas a fines del siglo XIX, con sus naves y sus techos de vidrio abovedados, fueron estatizadas en la revolución del ’17, cuando recibieron este nombre: Grandes Almacenes Estatales (“GUM”, en ruso) y, entre tanto lujo presente, cuesta imaginarse las colas que, durante el estalinismo, llegaban hasta la Plaza para conseguir comida.

 

Empachados de Dolce & Gabanna, Kenzo o Armani, hoy se impone la nostalgia por el hambre de gloria soviético. Adentro de GUM, la tienda Gastronom N°1 (una réplica rusa de Dean & Delucca, abierta las 24 horas y consagrada a las exquisiteces bálticas) reproduce con intenciones escenográficas las proveedurías soviéticas, en otro cínico ejercicio de ostalgie, según le dicen: como en la película Good Bye Lenin, buenos recuerdos de la miseria. Un piso más arriba, la sucursal de KOΦE XAY3 (o “Coffee House”), una de las cadenas de cafeterías más importantes, con amabilidad al estilo ruso (es decir, más bien poca) y tres medidas para tomarse un espresso: small, medium o large.

 

KOΦE XAY3. La cadena de cafeterías más popular en Moscú.
KOΦE XAY3. La cadena de cafeterías más popular en Moscú.

 

Espumoso y bien fuerte, deja un regusto ácido en la boca, pero es tan eficiente como el vodka para aguantar el frío y la llovizna finita que anuncian los primeros días del otoño. La sillas thonet universalizan un asiento tipo para el bar de cualquier rincón del mundo, sea un cafetín porteño o un KOΦE moscovita. Y, si aun tibio, el café se vuelve un trago amargo, suavizarlo con agua. Embotellada en Siberia, el AKBA MNHEPAVE (“agua mineral”) sólo viene en botellitas de 250 centímetros cúbicos, apenas: ¡un vasito de dentista!

Tags
Encontrá más notas similares en
Crónicas de viaje

Moscú, día 1: sírveme despacio, que estoy apurado

08 Oct 2009

rusia

El manual de Historia nos enseña que los rusos son tan orgullosos que prefirieron incendiar Moscú antes que verla rendida ante Napoléon. Y eso hicieron, ahí por el 1812. Atrincherado en el Kremlin, el pequeño general tuvo que abandonar la ciudad, perseguido por el fuego y la hambruna pero, en el apuro de la huida, se llevó a Francia una palabra que el mundo tomó por parisina: “Bistró“, que en París será sinónimo de cafetín pero en Rusia significa “rápido”. Pero así no te atienden en los bistrós, perdón “koΦe“, de Moscú: ligero.

Primer café moscovita. Marca Danesi, con bocadito y trufa.
Primer café moscovita. Marca Danesi, con bocadito y trufa.

En la autopista que lleva desde el aeropuerto Sheremetyevo hasta el centro, se suceden los neones que anuncian: un IKEA, un IMAX, algunos cafés (nomás Nescafé, en modelo de negocios que en la Argentina no se consigue, con mesas y sillas; o Mak KaΦe, versión eslava de los arcos dorados) y unos cuantos puteríos. Es entendible entonces que, después de casi 25 horas de viaje, el hombre tenga sus urgencias hormonales: me muero por un café. De visita rockera y cafeteril en la Unión Soviética (así la llamo íntimamente, aun después de la glasnost y la perestroika, fosilizada detrás de una cortina de hierro en mi imaginación infantil, estimulada por las lecturas de un padre aficionado a las novelas de espías), me tomo mi primer café moscovita.

Es en el bistró L’Estrade, todo de inspiración francesa, como en corte de manga al Napoléon fugado. Espeso, amargo sin azúcar, con una tapa de crema, cortísimo, casi un ristretto: marca Danesi, importado de Italia, se me insinúa como un sello gourmet en el imperio de la etiqueta de supermercado y lo acompaño con exquisiteces rusas: trufa de chocolate manjiki, ron, nougat y crema; y bocadito de chocolate con leche, sésamo, almendra, crema y cognac. Vuelvo a la vida, catatónico por el síndrome de la clase turista y, mientras padezco a la camarera en su lentitud chejoviana, me pregunto por qué le dirán acá “bistró” si el barcito desafía la prisa del pequeño gran general que, dicen, decía: “Vístanme despacio que estoy apurado”.

Tags
Encontrá más notas similares en
Crónicas de viaje