¡Shakespeare está vivo!

23 Abr 2014

En Londres, una fabulosa muestra reúne los 25 objetos más representativos del mayor dramaturgo de todos los tiempos, a 450 años de su nacimiento. Y confirma su vigencia como ícono pop.

Shakespeare, zapatos

Coffee BreakLos zapatitos rojos en punta compiten con la tiara adornada con flores y perlas por la atención del visitante. Cada cual ostenta su abolengo: si unos fueron calzados por el célebre actor Henry Irving en su demencial interpretación de Ricardo III (“¿Hay un asesino aquí? No. ¡Sí, soy yo!”), la otra adornó la cabellera rubio-ceniza de la híper sensible Vivien Leigh la tarde de 1937 en que subió al escenario para actuar en Sueño de una noche de verano, la comedia sensual escrita en la época en que el cinturón de castidad era menos una amenaza que una posibilidad. Y por allá, un póster de Hamlet en su re-re-re-re-re-re-estreno de 1894 o la calavera que alguna vez sostuvo la mítica actriz Sarah Bernhardt al travestirse para interpretar al príncipe danés y concluir: “Ser o no ser. Ésa es la cuestión”. Los objetos son los protagonistas de la muestra Shakespeare: Greatest Living Playwright, en la que el museo londinense Victoria & Albert celebra el legado del “mayor dramaturgo vivo” y, en el tributo al genio que nació hace exactamente 450 años, confirma que la obra acaso sea lo único que puede convertir a un hombre en inmortal. 

En el centro, la reliquia: con hojas amarillentas y letras aún legibles, el First Folio, la edición original de treinta y seis obras del Bardo, publicada en 1623 con las primeras versiones de sus textos más conocidos. Aun detrás de un vidrio, el pergamino quita el aliento: ¿cómo pudo un solo hombre crear ficciones eternas que resuman el espíritu de lo que es ser humano, como Macbeth, Romeo y Julieta, Otelo o El mercader de Venecia? Este 23 de abril William Shakespeare habría cumplido 450 años y, en la inmensidad de su genio, las teorías alocadas repartieron dudas sobre su existencia: ¿Shakespeare era Shakespeare? ¿O en realidad lord Francis Bacon escribió sus textos? ¿O fue la obra colectiva de autores anónimos reunidos tras el seudónimo de un testaferro? “El debate nació de la convicción de que un hombre de escasa cultura e ínfima extracción social como Shakespeare, en definitiva un actor, no habría sido capaz de elaborar textos de tanto valor artístico y profundidad de pensamiento”, escribió Umberto Eco. ¿Shakespeare era Bacon? ¿O era al revés? “Lo único que hubiera podido esclarecer sus verdaderas identidades habría sido un análisis de ADN, inconcebible en aquella época”, concluyó Eco. La respuesta es inequívoca: fue un iluminado. Y de alguna manera, el dilema que entretuvo a historiadores, lingüistas y arqueólogos se resuelve en el tercer piso del Victoria & Albert Museum: a través de los objetos, Shakespeare está vivo. Varias pistas sobre los misterios de su vida se encuentran en aquel First Folio de 1623, que contiene “alusiones, indicios cifrados, legibilísimos criptogramas” sobre su pasado y la autoría de sus obras, según Eco. Un misterio que se abre a los ojos del espectador que pueda ver ahí las señales ocultas durante 450 años.

En los trajes y en los decorados perduran los personajes más inolvidables y los artificios que los actores usaron para interpretarlos: una peluca, un vestido o aquellos zapatos rojos a los que el Irving mandó a acortar sólo uno de sus tacos, para ayudarlo en la cojera del brutal Ricardo. En el centro de la sala, una constelación de leds reproduce en incontables pantallas los fragmentos de las obras que se representan hasta el infinito en todo el mundo y las opiniones de los directores y actores más reconocidos, en pleno furor shakespeareano: conmovido por la historia que cuentan estos objetos y en un estado de admiración extática, se me ocurre que si la Humanidad se extinguiera mañana, un antropólogo extraterrestre podría entender qué pensaba o cómo sentía nuestra civilización maldita solamente leyendo las obras de Shakespeare. Desde el ingenio de Falstaff a la sublime inteligencia de Hamlet, del aterrador infierno de Macbeth a la agudeza malévola de Yago, todo el rango de emociones humanas está en esos personajes. “Más aún que todos los demás prodigios shakespeareanos, Falstaff y Hamlet son la invención de lo humano, la inauguración de la personalidad tal como hemos llegado a conocerla”, escribió el crítico estadounidense Harold Bloom en su monumental ensayo La invención de lo humano. Si la Biblia fue inspirada por Dios para darle al hombre un código moral, en el corpus de la obra de Shakespeare puede leerse un catálogo secular de las emociones humanas. Ambición. Amor. Celos. Odio. Codicia. Venganza.

“El mayor desafío fue resumir el universo de Shakespeare en sólo veinticinco objetos”, dice Victoria Broackes, la curadora de la exposición. Tengo coronita: soy conducido a través de la muestra por ella misma, que se detiene ante cada una de las piezas para contar su historia, y la historia de su llegada hasta aquí. Con esa amabilidad clásica propia de una duquesa, el año pasado Victoria organizó la exhibición David Bowie Is en el mismo museo, donde había elegido trescientos objetos para reconstruir la historia de uno de los íconos más perdurables de la cultura pop británica. El vínculo entre el Bardo y el Duque Blanco no parece caprichoso: alrededor del 1600, Shakespeare fue un popstar como se podía ser en su época, rodeado del halo especial que tiene aquel que pueda crear algo memorable en el arte popular y así se convierta en el mito más adorado de la era moderna: ser un dios sobre el escenario.

Con su biografía plagada de inexactitudes y rumores, con su ambigüedad sexual y su virtud para codificar las emociones humanas, Shakespeare continúa vigente cada vez que una compañía teatral representa una de sus obras en los confines del mundo o cuando los retazos de su biografía se multiplican en forma de trivia por siglos y siglos. ¿Sabías que Hamlet es su obra más larga, con 4.042 líneas de diálogo? ¿O que inventó 500 palabras que hoy son parte del diccionario inglés? ¿O que fue traducido a 80 idiomas, incluido el klingon, la lengua ficticia de la serie Viaje a las estrellas? En la entrada de la muestra, un enorme mural resume estos y otros mil datos, en un prodigio del diseño gráfico creado por el eminente tipógrafo inglés Jonathan Barmbrook: el autor de las tapas de los últimos discos de Bowie le pone a Shakespeare una psicodelia de otro mundo.

Publicado en El Planeta Urbano

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