¿La bebida de Dios o la bebida del Diablo?

03 Oct 2013

Ahora dicen que cuatro tazas de café por día pueden provocar muerte súbita. O que pueden alargar la vida, casi hasta la ambición de un Dorian Grey en pleno pacto con el Diablo. O que estimulan la próstata. O que provocan hipertensión. O que alumbran una generación de niños alunados como Carrie. Siempre inspirada por estudios de remotas universidades extranjeras, la prensa de la buena salud se contradice con sus despachos sobre la infusión: ¿el café es bueno? ¿O es malo? El génesis del dilema se remonta al año 1600, cuando el papa Clemente VIII bautizó el café para quitarle, por oscuro, caliente y estimulante, su aura demoníaca. Si la dispensa vaticana intentó reconciliar a los fieles con la “bebida del Diablo”, una manía inquisitoria llevó el oro negro a una taza de brujas.

Diablo

A mediados del siglo XVIII, el rey Gustavo III de Suecia estaba decidido a demostrar que el café era puro veneno, una libación del Hades que había ascendido a la superficie para corromper a los hombres buenos. Entonces dispuso el disparate real cuando ordenó que un asesino convicto bebiera café hasta morir, como una manera cruel de expiación y como un experimento fáctico: ya se discutía sobre sus efectos divinos o diabólicos sobre la salud y, acaso inspirado en un vago método cientificista, el rey también exigió que otro preso sólo bebiera té, como sujeto de control, y que dos médicos de la Corte supervisaran la prueba para comprobar cuál de los dos reclusos moría primero. El monarca no advirtió que debía tener más prevenciones ante las intrigas de palacio que frente a las fantasías mefistofélicas de una inocente taza: Gustavo III fue asesinado y los médicos fallecieron por causas naturales, muchos años antes de que el preso bebedor de té exhalara el último suspiro, de manera pacífica y con saludables… 83 años. Lo sobrevivió el cafetero.

Varios siglos después, Suecia se ubica entre los países que consumen más café en el mundo: unos 15 kilos anuales por habitante. La parábola del rey todavía se comenta entre los súbditos más memoriosos, que empiezan su día con un irrenunciable litro espeso como el petróleo y que, ajenos o despreocupados ante las advertencias de la superchería médica, brindan todos los días por el recuerdo de sus majestades satánicas y celebran el disfrute de su dulce condena.

Publicado en Clarín

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