@sommelierdecafe

En el segundo que a usted le toma leer una palabra, en el mundo se beben 5.500 tazas de café instantáneo. ¡Y eso de una sola marca! La estadística incomprobable demuestra el éxito de una bebida que es inadmisible para el cafetero de ley, por industrial y nada artesanal, pero que hace revolver con frenesí a millones de personas todos los días. Bate que bate, el café soluble instantáneo cumple 75 años. Y si nació como una consecuencia inesperada de la Gran Depresión, para una inmensa legión de bebedores es una razón de felicidad cada mañana.

A principios de la infame década del ’30, Brasil ya era el principal productor mundial de café pero desbordaba de granos sin vender por el colapso económico internacional. Los pasillos del Banco Central argentino estaban repletos de oro y en San Pablo se ahogaban en oro negro: no petróleo, ¡café! Después de la caída de Wall Street y el derrumbe de la cotización en la Bolsa, la Banque Française et Italienne pour l’Amérique du Sud tenía toneladas de café inútil en sus almacenes brasileños. Y así le encargó a la empresa suiza Nestlé un proyecto para convertir esa materia prima en “cubitos de café soluble” que se disolvieran en agua caliente sin perder el aroma del grano recién tostado. Desde principios de siglo existían otras fórmulas de café instantáneo, pero entonces el inspirado Max Morgenthaler, un químico con espíritu de científico loco, se encerró tres años en un laboratorio hasta dar con su particular “¡eureka!”: descubrió que el secreto para conservar el aroma radicaba en crear unos “cristales” de café que contuvieran suficientes carbohidratos. En 1938 se lanzaba en Suiza el soluble con la marca Nescafé, que se exportó a Inglaterra dos meses más tarde y que en 1939 aterrizaba en los Estados Unidos. Para abril de 1940, ya se bebía en treinta países del mundo y casi se había convertido en un genérico, como “curita” para los apósitos adhesivos o “gillette” para las maquinitas de afeitar.
¿Una solución para las épocas que corren? En frascos de vidrio con tapa a rosca, el café soluble se hizo más popular a medida que la gente tuvo menos tiempo: ahí donde cualquier ideota deba resumirse en 140 caracteres (¡o menos!), una cucharada y un poco de agua caliente prometen una gratificación instantánea.

En pleno diagnóstico fatalista sobre la muerte de los diarios, uno de los periódicos más importantes de Europa abre… una cafetería. El respetado The Guardian acaba de inaugurar una cafetería bautizada como #guardiancoffee. El nombre elegido despeja todas las dudas sobre la relación del proyecto con las redes sociales, en una época en la que muchos lectores dejaron de comprar el diario en papel (algunos clientes de la cafetería contaron en Twitter que hay iPads integrados en las mesas, sin ningún periódico “real” a la vista). La cafetería está en el barrio londinense de Shoreditch, muy cerca de su Redacción. Ofrece café, pastelería y tabletas conectadas con el sitio del periódico en Internet. ¡Paren las rotativas, actualicen la página!
Leé más / Tomá un latte y leé las noticias


Si trabajás en tu casa, esta página web puede ser una aliada contra la procrastinación y el cuelgue. Convencidos de que la fórmula del trabajo eficiente es café + productividad, el sitio Coffitivity recrea el sonido ambiente de una cafetería… adentro de la computadora. Elegido por la revista Time como uno de los 50 mejores sitios del 2013, tiene una receta básica: un loop sin fin de ambiente de cafetería, que recomiendan mezclar así: 40% de volumen cafetero, 60% de música propia. Funciona mejor con jazz. El resultado: un estímulo inesperado que te mantiene enfocado y productivo.